‘Road movie’ en Connemara

Connemara

Oscar Wilde dijo que la de Connemara es una belleza salvaje. Quizá fuese porque este trozo de tierra inhóspita al oeste de Irlanda es también un estado de ánimo. Los atardeceres nunca son iguales. La luz que se refleja en los lagos se difumina con cada nube que pasa. Por eso, esta belleza salvaje y cambiante es tan seductora, irresistible para la cámara. “Parte de la atracción radica también en que históricamente Connemara se ha asociado al místico pasado celta de Irlanda”, explica Seán Crosson, de la Huston School of  Film de Galway.

Aquí se han rodado películas de mitología irlandesa, taquillazos de Hollywood, clásicos y films en gaélico que huyen de los tópicos. Secuencias que se pueden recorrer en coche por carreteras secundarias.

Cong. El cottage blanco aparece en El hombre tranquilo

El puente de ‘El hombre tranquilo’. Desde Galway, la N59 vertebra el territorio. Pasado Oughterard, el paisaje proyecta una escena de ‘El hombre tranquilo’: John Wayne atraviesa el puente de piedra con la mirada perdida. Ha llegado a casa. En realidad, el Inisfree retratado por John Ford está unos kilómetros más allá, después de ese cruce de caminos que es Maam Cross. La R345 entra en Cong serpenteando. El pueblo vive del clásico y sus localizaciones: la fachada del Pat Cohan’s Bar, que entonces era un ultramarinos; la casa del viejo moribundo que nunca muere, la cruz que es como la plaza del pueblo… El Museo del hombre tranquilo, aunque un poco kitsch, recrea el cottage (cabaña) en el que Wayne y Maureen O’Hara vivieron felices y comieron perdices. “Lo que O’Hara le susurra al oído en la última escena solo ella lo sabe. Ni siquiera quiso contarlo en 2011, cuando volvió para celebrar el 60 aniversario del rodaje”, recuerda Gerry Collins, guía turístico especializado en la película.

Carretera secundaria de Joyces Country

Indomable Joyces Country. Desde Cong, el metraje avanza por carreteras sin nombre hacia el Joyces Country. En el camino está Finny: dos pequeños surtidores de gasolina, la oficina de correos, la tienda y una administración de lotería. Todo en uno. Todo en medio de la nada. “Ya, pero vivo en el centro de mi mundo”, dice la tendera Margaret Varley. En ‘Marley y yo’ (2008), David Frankel retrató esta Irlanda verde y aislada. Los protagonistas (Jennifer Aniston y Owen Wilson) pasan su luna de miel en una estrecha carretera bloqueada por un rebaño de ovejas que el pastor local Joe Joyce supo mantener a raya, gracias a sus perros adiestrados. La escena se grabó cerca del espectacular lago Nafooey, con su playa de sorprendente arena roja.

Playa roja del lago Nafooey

El prado. La R336 zigzaguea. Sube colinas. Se detiene en lo alto. El retrovisor devuelve la imagen de un páramo que dormita. Al doblar la siguiente curva aparece el pueblo de Leenaun. Este es el territorio de ‘El prado’ (1990), una sórdida historia sobre el amor desmesurado del protagonista, Richard Harris, por un puñado de acres. Ese campo verdísimo existe. “Lo encontrarás frente a una escuela abandonada, en la N59, dirección Westport”, indica un lugareño. De vuelta hacia Leenaun, las cataratas Aasleagh rugen, recordando que son la escena del crimen. Aquí muere el americano codicioso. El bar de celuloide es también de carne y hueso. “El interior del Gaynors Pub es prácticamente igual”, asegura Brenda Gaynors detrás de la barra, mientras sirve una pinta.

el pub de 'The field'

Leenaun está al fondo del único fiordo de Irlanda, el de Killary. Profundo, encajonado entre las laderas de las montañas. Paisajes idílicos para la leyenda celta de ‘Tristan e Isolda (2006)’, producida por Ridley Scott y protagonizada por James Franco y Sophia Myles.

Atardecer en el fiordo de Killary

La península de Renvyle. Para ver el arenal donde se enamoran hay que llegar donde el viento del Atlántico sopla con furia. La playa de Glassilaun tiene aguas turquesas, fina arena blanca y una vegetación retorcida por Eolo. Siguiendo la costa, la playa de Lettergesh proyecta ahora la carrera de caballos de ‘El hombre tranquilo’. A la península de Renvyle hay que ir con tiempo, porque es un laberinto de caminos que parecen llegar a ninguna parte. Como si el coche alquilado fuera ‘Un taxi malva’ conducido por Fred Astaire, Tully aparece en el horizonte. La película, de Yves Boisset, es de 1977. “Compraron kilos y kilos de azúcar para ‘escarchar’ una de las localizaciones” rememora Rose Rima, encargada entonces de la tienda del pueblo.

Paisaje desde la sky road

Hacia Roundstone. Para subir sin artificios al cielo solo hay que poner rumbo a Clifden. Desde aquí, la sky road asciende la colina. Abajo la costa muere mordisqueada por el mar, como en la Dog’s Bay en la R341. Ésta es una playa espiritual. Mike Newell, el director de ‘Into the West’ (‘Escapada al sur’) (1992), lo sabía y la colocó en la primera escena: Tir na n’óg cabalga desbocado a la luz de la luna. El caballo y dos niños emprenderán un viaje, en búsqueda de la tierra de la eterna juventud de la mitología irlandesa.

Caballos en la dog's bay

Lo que la mirada azul de Paul Newman busca en Roundstone es un secreto, como corresponde a la película de espionaje ‘El hombre de Mackinstosh’ (1973), de John Huston. En su huida, se refugia en el puerto del pueblo más cinematográfico de Connemara. Jennifer Aniston también estuvo aquí. El rodaje de ‘El casamentero’ (1997) fue, sin embargo, el que revolucionó el pueblo. “Dejó 2,5 millones de euros en la economía local”, asegura Richard, séptimo duque de Stacpoole, cuya casa, de finales del siglo XIX, también aparece en una película que transformó Roundstone en Ballinagra. Aquí llega la asistente de un senador americano para buscar los orígenes irlandeses de su jefe. El pueblo celebra esos días el festival del amor. “Repintaron casi todas las fachadas”, dice la camarera del O’Dowd’s Bar, donde hay que probar su deliciosa seafood chowder. Aun así, esta villa marinera que tiene las Twelve Bens como telón de fondo desprende todo su encanto, también en la ficción.

Puerto de Roundstone

Esencia irlandesa en el sur. La diferencia es solo de un número, de la R341 a la R342  pero el paisaje costero cambia: del terreno pantanoso a la belleza áspera de la piedra, con toda su crudeza. Así es el sur de Connemara, una región Gaeltacht donde se escribe y se habla en gaélico. Por eso, Poitín (1978) se rodó en irish, en la península de Carraroe. La película lleva el nombre de un licor tradicional de altísima graduación que un lugareño fabrica ilegalmente. “El de Bob Quinn es un ejemplo de la dura e imparable representación de la sociedad de Connemara y su cultura, totalmente alejada de la visión que, por ejemplo, ofrece Ford”, demasiado pastoril, asegura Seán Crosson.

belleza de piedra en el sur1

Junto a la península de Carraroe, donde la Coral Beach pone la anécdota de una arena que en realidad es alga roja, las islas Lettermore (Leitir Móir) y Lettermullan (Leitir Mealláin) están unidas por la R374 y estrechos puentes de piedra. Aquí se grabó ‘El irlandés’ (2011), “un western en el salvaje oeste de Irlanda”, dijo su director John Michael McDonagh. En el film aparece la Connemara sin ley de Brendan Gleeson, un policía socarrón que acaba demostrando su integridad tras ayudar a un agente del FBI (Don Cheadle) a desarticular una banda internacional de narcotráfico. Hay cosas que solo pueden pasar en Connemara, por carreteras solitarias, paisajes indómitos y lugareños sin dobleces.

Tras atravesar Spiddal, en la R336, un cartel avisa: Galway a 19 kilómetros, como si fueran los títulos de crédito.

pastor y paisaje

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El mejor ‘fish and chips’ de Irlanda

Tan simple como mezclar pescado con patatas fritas. No es una receta irlandesa, pero en la isla esmeralda adoran los ‘fish and chips’ que un día trajeron de Inglaterra. Donde fueres, haz lo que vieres. Hay que probarlo, al menos una vez…

Fish and chips

Patatas fritas con salmón. Patatas fritas con merluza. Patatas fritas, sobre todo, con bacalao. Patatas, en fin, con pescado. Fish and chips. Los irlandeses adoran el tubérculo y, aunque el plato lo inventaron en Inglaterra, en la isla esmeralda tiene hasta su propio día, acuñado por la Irish Traditional Italian Chippers Association, que para eso fue un italiano, cosas de la inmigración, quien lo introdujo en Irlanda.

Para saber dónde comer el mejor Fish and chips del país, de tanto en tanto publicaciones como The Irish Times lanzan encuestas donde los irlandeses votan sus locales favoritos. McDonagh’s (que no McDonald’s) ha encabezado esas listas en dos ocasiones. Cuatro generaciones se han dedicado desde 1902 a este restaurante de Galway. PJ, ahora el jefe de la saga, responde a las comparaciones, siempre odiosas, que surgen del juego de palabras: “Yo no diría que es comida rápida, porque la preparamos al momento”. Aquí cambian la carne por el pescado, a pesar de que éste sigue siendo un país, dice McDonagh’s , donde se prefiere la chicha al pez. “En el pasado los irlandeses solo compraban, y comían, pescado una vez a la semana, los viernes, cuando lo permitía la religión. El pescado se consideraba comida de pobres”, añade.

Fish and chips2

Fue la abuela-matriarca la que inició el negocio, cuando las vendedoras de pescado todavía se apostaban en la calle principal de Galway con la mercancía sobre sus cabezas, en un canasto de mimbre. Ella fue un paso más allá y abrió una pescadería. La combinación pescado-patata llegó mucho más tarde. “En el verano del año 84, aprovechando los festivales de Galway empezamos a vender una sopa de pescado por un penique. La respuesta fue sorprendente”, explica PJ McDonagh’s. Llegó un momento en el que esa sopa, seafood chowder, tenía más éxito que el propio género fresco expuesto en camas de hielo. Así que la vieja pescadería se convirtió en restaurante, con una parte para probar las exquisiteces locales, incluidas las famosas ostras y los mejillones de Galway, y otra para bolsillos más ajustados, como los de los estudiantes que animan esta ciudad universitaria y que también en temporada alta ayudan, junto a los turistas, a alcanzar cifras con mucho peso. “Durante el Festival de Artes, en julio, empleamos, en solo una semana cuatro toneladas de patatas y una de bacalao para preparar Fish and chips”, detalla el propietario.

Fish and chips1

El secreto del plato, desvela PJ, “está, especialmente, en el tipo de patata. Tiene que ser de la variedad Murble”. Como sorprendentemente no se da en Irlanda, continúa, traen las patatas de Inglaterra. El bacalao llega de Islandia, porque es un pez de temporada. La mantequilla con cerveza, para preparar el rebozado, procede de Gales. Una pizca de sal y de pimienta y ahí está, para los irlandeses, la combinación perfecta. Para los de aquí y para muchos de los que se animan a entrar en este lugar con solera. En las paredes del local se mezclan los recortes de periódicos algo amarillentos con los marcos de antiguas fotografías en blanco y negro; las recomendaciones que un día llegaron desde ‘The New York Times’ o el gobierno ruso con vitrinas de objetos de otra época. Porque, a veces, el sabor también se paladea fuera del plato.

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Galway es (G)always

último vistazo

Último vistazo a la bahía desde mi ventana de Galway. Es una mirada que duele. La luz que sorprendentemente brilla ahora en la primavera irlandesa lo pone todo más difícil. El sol templado potencia los colores cenicientos de la piedra de The Burren enfrente; hace brillar las aguas de la marea baja que allá abajo apenas acaricia los pilares desconchados del Blackrock y llena el prominade de corredores, a primera hora de la mañana. Hoy es 21 de mayo de 2013. Hoy se acaba mi vida en Galway.

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Última pinta. Fue ayer, en el Oslo, rodeada de españoles que como yo llegaron a  probar suerte a una ciudad que no tiene nada y acabaron por descubrir que lo tiene todo. Mientras apuro a sorbos la cerveza pienso en cómo un lugar que antes no sabía situar en el mapa te puede atrapar así. Galway es (G)always.

Españoles en Galway

Ahora estoy en el autobús de camino a Dublín. Hago el viaje de regreso. Esta vez el billete no es de ida y vuelta. Siento que más que a un lugar vuelvo a las personas, que son las que te hacen feliz. Vuelvo a Ricardo, a mi familia añorada que pronto tendrá un miembro más, a las Lauras de Teruel, a la Puerto y a Pilar, que están a la orillica del Ebro, que diría Ana, a Sonia, cuando venga de visita procedente del frío. Vuelvo a Arancha, a la Raka y a Sori y a esos encuentros de comida oriental. Vuelvo a las miradas de JBAS y Diego, a la ironía de La Muñoz. Vuelto a tantos otros más. Regreso al periodismo de adrenalina, aunque sea temporal. Vuelvo por una buena causa.

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Me voy sin embargo con la sensación de que hice la maleta antes de tiempo, sin posibilidad de redondear mi vida irlandesa como quería, con reportajes pendientes, con cosas todavía por contar en este blog. Lo haré desde la memoria. Para vivirlo otra vez.

acantilados Inis Mor

Desde la ventanilla del avión diviso ahora la cuadrícula imperfecta y parda de La Mancha, moteada de olivos. Miro desde arriba los contrastes de la tierra de España. Vuelvo a casa. Vuelvo para siempre volver a los paisajes verdes que me llenaron una vez.

Paisaje de Connemara

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En la colmena del Gigante

calzada del gigante fotos

Es un avispero de viento. Una colmena poliédrica. Un volcán que dormita. Es la Calzada de ese Gigante que un día dejó sus huellas impresas en el norte de Irlanda y también al otro lado del horizonte, en Escocia, aunque ahora parte de esas pisadas artísticas hechas de magma las tape el mar.

Los bloques geométricos son de una naturaleza caprichosa. Marcan un camino que sube y baja por la costa, como si fueran escaleras negras que poco después se destiñen y aparecen parduzcas y se pelean con el verde de los acantilados del litoral.

puente de cuerda

El océano bate sus olas con furia en un típico día gris irlandés. Por eso, cuando llegamos al Carrick-a-Rede Rope Bridge, el puente colgante está cerrado. Se balancea arrítmicamente con cada bocanada del aguerrido viento del Atlántico, como si estuviera jugando a la comba.

La iglesia en la costa de los gigantes

A la iglesia blanca que se interpone ahora en el horizonte parece no molestarle ese viento huracanado, gélido para ser un mes de abril robado, como diría Joaquín Sabina. Las carreteras del norte de Irlanda se entrelazan unas con otras y no hay señalización. A veces, llegar a tu destino depende de eso, del destino. Todo se alía para encontrar el B&B más especial en el que he estado. Es otra iglesia reconvertida en hogar. “El edificio más antiguo del pueblo”, dice el propietario con una timidez encantadora, que diría Ricardo.

Dunluce Castle

En la costa del Gigante, a lo lejos, el castillo Dunluce clava sus agujas de piedra al cielo amenazante. Parece hacer equilibrismo al borde de un acantilado, para evitar caer sin remedio al mar. Es del siglo XIV.

Bushmills whiskey

Cien años antes ya se fabricaba por estos lares un whiskey, el Bushmills. Lo menciona un libro titulado Uisce Beatha, en gaélico ‘El agua de la vida’, que no deja de ser una gran metáfora. La destilería Old Bushmills alardea de ser la más antigua del mundo, a la tarea desde 1490 y con licencia desde 1608, rivalizando con la fama del whiskey del otro lado del charco. Dicen que la diferencia con el escocés está en la ausencia de turba ahumada en su sabor. Solo para expertos, en fin.

The dark Hedges1

El encanto de The dark Hedges es para todos los públicos. Es un paseo de hayas de ramas desnudas que, como las carreteras, parecen entrelazarse unas con otras, aunque solo sea un efecto óptico. Fue la manera que la familia Stuart ideó hace más de 200 años para dar la bienvenida a la Gracehill House, su mansión georgiana en Ballymoney. Al final del camino arbolado que es ahora la Bregagh Road se pierde el punto de fuga.

el banco

El horizonte se tiñe de blanco en ese otro camino que zigzaguea por la costa. En plena primavera, todavía quedan algunos rastros de la nieve que cayó al borde del mar unas semanas atrás, alimentando ‘vanishing lakes’, lagos que aparecen y desaparecen según el capricho del cielo y su lluvia sempiterna.

Olas baten la costa horte de Irlanda

Ahora es el mar embravecido el que nos obliga a serpentear todavía más para alcanzar de nuevo los carteles que nos llevan dirección Belfast. El camino a la inversa sirve para experimentar la misma sensación de fronteras que solo se ven porque las banderas inglesas dejan, de repente, de ondear y el precio de la gasolina vuelve a estar en euros. La reina Isabel II se cobija en un billete de cinco pounds.

La reina madre

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Por las nubes de Galway

El paseo marítimo, el prominade (prom) de Galway, fue el segundo artículo que publicó Viajeros Urbanos de El País. Ésta es una crónica costumbrista de la cara marinera de Galway, una bahía que te lleva lejos. Un lugar en el mundo.

Salthill desde el acceso a la isla de Mutton

El espejo del mar las refleja invertidas. Aparecen y desaparecen al mismo ritmo que sopla el aguerrido viento del Atlántico. Eolo dibuja las nubes con formas imposibles, el sol las pinta al atardecer y luego las deja volar. A veces se acumulan al final del camino y tapan la cima verde de la colina Blake, donde se pierde el horizonte. Otras manchan de gris el cielo, lo emborronan. Este espectáculo se puede ver desde el paseo marítimo de Galway, cuatro kilómetros que hay que hacer ida y vuelta para disfrutar doblemente de sus encantos.

El Long walk y sus casitas de colores

La cara marinera de Galway mira a una inmensa bahía. Enfrente, el condado de Clare. A la espalda, el Long Walk con sus casitas de colores, las que aparecen en las postales. Y por delante todo un observatorio de nubes que también guarda sorpresas a ras de suelo, tan verde a un lado, tan cambiante como las olas que vienen y van, al otro. Cladaggh, el antiguo barrio de pescadores, queda atrás mientras la silueta del faro de la pequeña isla de Mutton reta al viento a pocos metros de la costa. La linterna blanca se encendió por primera vez en octubre de 1817 y se apagó 160 años después. La última familia de fareros vivió allí hasta 1951, cuando se instaló una maquinaria automática. Hoy, solo por existir, el faro sigue iluminando este camino que se construyó a mediados del siglo XIX. Lo llamaban ten penny road, porque los que estaban en el tajo cobraban eso, 10 peniques. Gracias a su trabajo el centro de la ciudad quedó unido al barrio de Salthill siguiendo la línea del mar, y no solo por el camino que recorrían tranvías tirados por caballos desde Eyre Square.

Al fondo, el faro de la isla de Mutton

En 1860, Salthill empezó a ser la zona hotelera y turística que, en parte, todavía es. Porque las playitas, que quedan al descubierto en el malecón cuando baja la marea, animan a tocar las heladas aguas, aunque sea solo con la yema de los dedos. Los irlandeses de estas tierras son chicarrones del norte, como los de San Sebastián en la playa de la Concha. Se bañan todos los días del año. Nadan, algunos enfundados ahora en una piel de neopreno. Y se zambullen desde un trampolín amarillo, el Blackrock, que es también un anfiteatro para subir, sentado, al mismo cielo. Hubo un tiempo en el que esta estructura, símbolo del barrio, era de uso exclusivo para hombres. Hubo un tiempo, en los otoños del siglo XIX, en el que los granjeros de los alrededores, terminado el trabajo del campo al finalizar septiembre, venían a la antigua casa de baños de Salthill a tomar las aguas, ricas en yodo, y a tomar el aire fresco, el aguerrido viento del Atlántico.

Black rock atardeciendo

Blackrock es el final oficial del paseo marítimo pero queda, todavía, un kilómetro de sorpresas. El camino, algo más agreste, bordea un campo de golf centenario con vistas al mar y acaba en un cámping de caravanas que ahora está casi vacío, con esa melancolía que deja el verano al marcharse de los destinos de costa. Menos mal que está la colina Blake y esa manera abrupta y verde que tiene aquí la tierra de acabar en el mar. Con un poco de suerte, al fondo, en el acantilado, el sol coloreará entre nubes y lluvia, con la curvatura perfecta de un compás, un arcoíris. Y con mucha suerte, ese arcoíris será doble.

Un arcoíris 'decora' la Blake's Hill

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El ritual del pub irlandés en Galway

Éste es el primer reportajito que publiqué en la sección de Viajeros Urbanos de El País desde Galway. He decidido incluirlos en el blog, porque somos lo que escribimos y estos artículos son también parte de esa realidad irlandesa que me acompañará siempre. ¡Bares, qué lugares!

TighNeachtain1

Es como entrar en el salón de casa cuando la lluvia repiquetea en los cristales de la ventana. Un lugar que espera. Pero el pub irlandés (abreviación de ‘public house’) no es solo un espacio, es un concepto: el refugio de la vida, también con sus excesos. En Galway, en la costa oeste, el ritual se repite invariablemente. Un par de asiduos llega al Tigh Neachtain. Se acodan en la esquina de la barra. Piden una pinta y ahí empieza todo.

-“¿Así que de España? Yo iré la semana que viene a Málaga”.

Claro, en busca del sol, como tantos irlandeses. Aquí la conversación cálida, abierta a los extraños que al final no lo son tanto, se resguarda bajo techo. El Tigh Neachtain es un laberinto repleto de recovecos. Desde 1894 en funcionamiento, es el pub más antiguo de Galway. Probablemente. Jymmy Maguire, el propietario y nieto del fundador por la vía materna, puede alardear de haber gateado entre las mesas y sillas bajas de este lugar. Se hizo mayor en el piso de arriba.

TighNeachtain

El Tigh Neachtain (17 Cross Street, (00353) 91 568 820), con su fachada medieval ahora pintada de azul, colorea la calle principal. Todo pasa por esta vía que cambia de nombre hasta cinco veces: William Gate Street, William Street, Shop Street, High Street y Quay Street. Es el termómetro de la ciudad, por eso un puñado del centenar de pubs de Galway abre sus puertas en el centro. Antiguos. Remozados. Para beber cerveza con marca de la casa, como la que fabrican en Oslo Bar (Upper Salthill (00353) 91 448930). También para comer. Para lugareños, como O’Connells Pub (Eyre Square (00353) 91563634). Para turistas. Bares, ¡qué lugares!

The Kings HeadThe Kings Head (15 High Street, (00353) 91566630) es uno de los más conocidos entre los visitantes. La cabeza del decapitado rey Carlos I de Inglaterra está en el nombre y sobrevuela como un fantasma. En esta casa vivió el que pudiera ser el verdugo del monarca, el coronel Peter Stubbers, leal a las fuerzas de Cromwell. Llegó a ser ‘Mayor’ de Galway. Nunca se pudo comprobar si la de Stubbers fue la mano que sostuvo el hacha, pero alimenta la leyenda.

En las paredes de The Quays (Quay Street (00353) 91568347) se pueden ver detalles de una iglesia medieval escocesa. ¿O será francesa? No se ponen de acuerdo. Vidrieras, arcos, decoración en madera… el mejor atrezo en los días de concierto. Porque los pubs son escenario de la vida pero también de buena música en directo. Al otro lado del río Corrib, The Crane (2 Sea Road, (00353) 91587419) es famoso por sus acordes, pura música tradicional irlandesa. Hay una actuación programada cada noche, aunque a veces se suman también espontáneamente otras voces. Así son ellos: ¡disfruta el momento! Y eso que la crisis ha llegado a The Crane. Un cartel sospechoso cuelga de esta fachada más que centenaria: “Solo se vende el edificio, nosotros tenemos licencia por 15 años más”, dice el camarero.

O'Connors1

La música no se apaga. Tampoco en el barrio de Salthill, fuera del bullicio del centro. La tercera generación de los O’Connor sigue con el negocio (Salthill House, (00353) 91523468). “Somos el primer ‘singing pub’ de Irlanda. Mi abuelo era cantante y también fue el primero en instalar un micrófono”, cuenta con orgullo Tom O’Connor. Es, además, un pub-museo. Abigarrado. Intenso. Se necesita más de una vida para descubrir con detenimiento las más de 3.000 piezas, “4.000, quizá”, que lo forran todo, hasta el techo. Lámparas. Sartenes. Una vieja balanza de ultramarinos. La chimenea donde crepita el fuego. La mayoría de estos objetos hicieron un viaje del campo a la ciudad, rescatados del olvido en granjas y ‘cottages’. “La decoración está valorada en más de un millón de euros”, detalla el propietario. Y guarda la historia de esa Irlanda rural, esencia de un país en el que creció Colum, uno de los parroquianos que apura su cerveza en O’Connors. “¿Quieres una pinta?”, pregunta. Y ahí empieza todo…

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El año que viví (peligrosamente) en Irlanda

Desde mi ventana veo el mar

Desde mi ventana de Galway veo el mar. Su color depende del cielo. Si está plomizo, el Atlántico se mimetiza y muestra su cara oscura. Si las nubes juegan al gato y al ratón con el sol, los reflejos cambiantes pintan de diferentes tonalidades el Black Rock, el trampolín amarillo. Nunca había vivido en una ciudad costera, así que la panorámica del océano bañando la bahía de Galway me resulta magnética. No me canso de mirarla.

En las nubes1

Llegué al oeste de Irlanda hace un año. Los recortes en la cadena de televisión para la que trabajaba rompieron un sueño. De la noche a la mañana, como tantos otros periodistas en España, me vi sentada en la oficina del Inem, esperando mi turno. Es una sensación amarga, de herida abierta, de callejón sin salida. Al final, busqué otra vía por la puerta de atrás: aprovechar el tiempo para mejorar el inglés. Una huida hacia adelante, supongo.

Huida hacia adelante

Vine para mes y medio y ha pasado un año, con sus idas y venidas. La decisión de prolongar mi estancia en Irlanda marchó en paralelo a las noticias que llegaban desde España, tan descorazonadoras, tan llenas de desesperanza, tan tristes. Al mismo tiempo, la lluvia sempiterna de Galway dejó, poco a poco, de entristecerme y su paisaje acabó por conquistarme. Y empecé a entender el terrible acento irlandés, a soñar en inglés, a ver esta ciudad con dimensiones de pueblo grande como un lugar para quedarse. De repente, me di cuenta de que había emigrado. Sin pretenderlo.

Van

También hay un capítulo de ‘cosas que no te conté de Irlanda’. La vida es carísima en este país. Al principio tiras de ahorros, para pagar las clases de inglés, el alquiler, la comida, los viajes con esos amigos efímeros e internacionales que conoces entre libros de gramática.

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Luego llega el momento de buscar trabajo, de inventarte la línea del currículum en la que detallas una experiencia como vendedora en una tienda que no has tenido. Rebajas tus expectativas, aunque se te caigan los anillos, y te sientes un poco afortunada porque has conseguido un trabajo de verano como camarera a 8.65 euros la hora, el salario mínimo.

ola en black rock

Ahora que ha acabado recuerdo el invierno como si hubiera durado años, con la oscuridad comiéndose el ritmo palpitante de la vida a las cuatro de la tarde y la lluvia salpicando los cristales de las ventanas en el pub. Recuerdo el invierno entre borrasca y borrasca, ventoso por ese aguerrido viento del Atlántico, observando por mi ventana de Galway ese horizonte que no me canso de mirar.

Un arcoíris 'decora' la Blake's Hill

Ya no trabajo de camarera. Teletrabajo para una empresa española y vivo y viajo en inglés, también para escribir reportajes como freelance. Para disfrutar de Irlanda. Para buscar una esencia irlandesa que busco y espero encontrar. Para fotografiar este país.

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El tiempo da la medida de las cosas. Por eso, a veces siento que tengo dos vidas: la de España y la de Irlanda. Al principio, miraba mi experiencia vital irlandesa como si no fuera mía, como si estuviera interpretando un papel en una obra de teatro que alguien escribió para mí. Luego te das cuenta de que no hay que llegar a la siguiente curva de la carretera secundaria para encontrar el camino. El camino, simplemente, se hace al andar. Dure lo que dure la aventura.

Montañas de Connemara (maam)

El tiempo te permite mirar todo con perspectiva. Por eso, siento que también tengo otra vida. La que ahora me alimenta desde la lejanía, la que me espera paciente apostada en una acera de la caótica Gran Vía de Madrid o la que me define desde lo alto de una torre mudéjar de Teruel.

En Irlanda del Norte

Cuando todo se acabe, este año que viví (peligrosamente) en Galway estará para siempre en el álbum que retrata, a pesar de las dificultades (o precisamente por eso), la anatomía de un instante de felicidad.

en la playa de la felicidad

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