El maratón de Boston

BeaconHillbandera

Cuando estuve en Boston hace dos años todavía no me gustaba correr. No había sentido la adrenalina bullir en medio de la masa en la Media Maratón de Madrid o la sorpresa de una carrera de 21 kilómetros que, por primera vez, terminé en Zaragoza sin haberla preparado. Todo un descubrimiento.

Corredora en la nieve
 Cuando estuve en Boston hace dos años, no podía creer que la gente entrenara en invierno a unos cuantos grados bajo cero en el parque del Boston Common, por caminos abiertos en un metro de nieve. Boston es una ciudad de corredores. Se cuelan por todos lados. Por eso no extraña que su maratón sea el más antiguo del mundo. Ahora, esa carrera que trota por las calles de una ciudad a la que siempre he querido volver está herida por la explosión de las bombas, por la muerte de tres personas, por las decenas de atletas mutilados que quizá no puedan volver a correr.

skyline
Todavía es un atentado sin rostro, porque nadie lo ha reivindicado y porque de momento no lo han descubierto. Como dicen muchos runners, quien lo ha hecho no sabe cuál es el espíritu de una carrera así, de un deporte que te pone a prueba, de una experiencia en la que el corredor de al lado te tiende la mano y los espectadores te empujan con sus palmas para dar el siguiente paso, cuando flaquean las fuerzas frente a la meta.

Copley Square
La meta del maratón de Boston estaba en el corazón de la ciudad. En Boylston Street se siente el pulso comercial del downtown, cerca de esa Copley Square por la que la vida se pasea entre rascacielos que besan el cielo, la Old South Church y su estilo neogótico de 1873 y esa biblioteca pública con enormes mesas corridas iluminadas por lámparas de color verde.

¡Vamos Boston! Boston y su maratón. Boston en una calabaza.

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Al sur del sur de Irlanda

El puente de Mizen Head

Espontáneo. Sin documentación previa. Solo con la idea de poner rumbo al sur. Al sur del sur de Irlanda, sin saber siquiera su nombre. Viajar. Explorar. Tender puentes a la vida. Un road trip con paradas para café y risas, aunque no se vean en la foto.

Iago y yo
Y también para descubrir, de camino a Cork, que me gustan más las flores de otro mundo del Barney Castle que el propio castillo.

Florecicas del Blarney Castle
Y llegar a la ‘capital del sur’ y encontrarse un bodorrio en ese English Market que es como una extensión de la intensísima actividad comercial de Cork. Todo son tiendas en las calles del centro.

La boda en el English Market

Y tomar otro café en una terraza antes de coger el coche para visitar la isla de Cobh. Kathy, mi compañera de piso irlandesa, solo me había dicho que era uno de los sitios favoritos de su padre, así que llegamos sin esperar que la catedral, enorme, neogótica y con el carillón más grande de Irlanda (49 campanas), saliera a nuestro encuentro, en medio del camino.

Catedral de Cobh
A su lado, las casas centenarias de West View se amontonan unas encima de otras. Por algo reciben el nombre de The Deck of cards (la bajara de cartas). Dibujan una línea profunda en caída libre que acaban en el puerto, la última parada del Titanic antes de partir hacia la nada.

West view en Cobh
A Kinsale llegamos persiguiendo un espectacular atardecer que, al final, se nos escapó. Esta ciudad de colores es la capital ‘gourmet’ de Irlanda, dicen. Sólo tuvimos tiempo de probar una pinta en un pub llamado La Casa Blanca. A la mesa, un grupo de música que nos dejó boquiabiertos.

Música tradicional en La Casa Blanca
La ruta por la costa sureña muestra una Irlanda de entrantes y salientes, con sorpresas que aguardan al aparcar el coche en Baltimore, justo donde acaba la carretera estrecha.

una gran señal en Baltimore
El mapa dice que Brow Head es el sur del sur de Irlanda, aunque para nosotros siempre será Mizen Head, con esa playa inmensa que decora el camino, el faro que ya no está, las instalaciones de la radio de Marconi y sus muñecos del museo del horror y la foca que se zambulle, allá abajo, al lado de las rocas.

La playa de camino a Mizen Head
El sorprendente día primaveral termina persiguiendo otro atardecer. Es vez sí lo cazamos. En el puerto de Bantry un cisne nada en las aguas doradas por un sol que se va.

Atardecer en Bantry

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Mejillones y chucherías en el Food Festival de Galway

Mejillones de Connemara

Son de Connemara. Pequeños. Sabrosos. En salsa de tomate o en risotto. Y gratis. Una de las degustaciones del II Food Festival de Galway, que se ha celebrado este fin de semana. Los organizadores lo venden como un evento para promocionar la cocina irlandesa que se hace ahora en el oeste de Irlanda, una manera de conocer los productos orgánicos que se producen en granjas y campos. Se han celebrado también demostraciones para saber cocinar con algas marinas, por ejemplo.

Chucherías
Por eso, sorprende encontrarse un puesto donde cortan jamón a diestro y siniestro, otro que ofrece chucherías con todos los colores posibles y kilómetros de regaliz que son como carreteras de azúcar. También hay pastelitos y huevos de pascua, que tienen su gracia, porque en Irlanda el chocolate en Semana Santa es como una religión.

Huevos de pascua
Sorprende aún más comprobar que por eso, por motivos religiosos, no se vendió ni una gota de alcohol el Viernes Santo ni en los supermercados ni en los bares, con multas como castigo. Imagen curiosa la del Tigh Neachtain con las persianas echadas. A mí este país no me deja de sorprender.

pub en Viernes Santo

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Instantes primaverales

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Memorias de un San Patricio en Dublín

El hombre de verde

Irlanda es pura espontaneidad. “Marzo es un mes divertido. Lo mismo tienes un tiempo totalmente primaveral que hace un frío de invierno”, dice un dublinés enfundado en un abrigo grueso.  Four seasons in one day. Ayer, antes de que comenzara el desfile de San Patricio, nevó sobre Dublín. No cuajó, pero dejó el ambiente gélido, como si el cielo quisiera que fuera la masa verde quien templara el ambiente en las calles de la capital. Así que hubo que desafiar a los copos, a la lluvia intermitente, al rayo de sol que se coló entre las nubes espesas y salir a la intemperie para demostrar que no es necesario ser irlandés para sentirse de aquí.

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Por eso, entre las caras pintadas que saludan a un San Patricio que se pasea exultante, hay mucho latino, y mucho aire del este. Bajo gorros de Leprechaun y gafas con forma de trébol se esconde también mucho niño pelirrojo y pecoso, y facciones inequívocamente americanas que están de vuelta a los orígenes. Quizá por eso, la banda más numerosa fue la estadounidense, la que cerraba el desfile: 331 integrantes que acompasaban el paso decidido con bombos y platillos.

parade

El desfile de Dublín, visto en movimiento desde un autobús descapotable, emociona, como lo hacen esos eventos que son capaces de congregar a mucha gente. Porque desde aquí arriba, todo se ve con otros ojos. En el palco, el presidente de Irlanda, Michael O’Higgins, saluda a la comitiva, con un tupido broche de tréboles en la solapa. Es un hombre cercano, de mirada inteligente y bonachona al mismo tiempo. De Galway, y con eso me basta.

Michale O'Higgins

Al otro lado de la calle, los espectadores hacen malabares para ver pasar el desfile, sobre escaleras o aupándose en lo que tienen a mano. Algunos se han subido a las estatuas de O’Connell Street, para cazar la mejor perspectiva. Me pregunto cómo se verá el ambiente carnavalesco desde el regazo de una mujer alada.

estatuaparade

A ras de suelo, una ballena enorme con un ojo pequeño arranca las ovaciones, mientras los exploradores dejan un reguero de nieve (ahora artificial) a su paso. Muñecas de colores revolotean por la calzada, con cancanes que dibujan círculos en el aire.

eldesfile

La fiesta está en el aire, en los pubs, en los grupos que se congregan en la puerta, en las pintas que se mueven veloces en la barra del bar. La fiesta en verde está en la música tradicional que abandona el escenario para convertirse, después de un rato, en un pedazo de memoria musical de Irlanda. Y en esos pies, que a veces se ponen de puntillas sobre el escenario, aunque el resto del cuerpo apenas se mueva.

pies danzas irlandesas

Irlanda, por San Patricio, se refleja en las aguas de un río que no tiene fronteras.

fotacaluces2

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Irlandeses (II)

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Encontrar un duque de abolengo en un pueblo perdido en Connemara. Toparse con un enterrador que viste a la antigua, con sombrero incluido. Saludar al granjero que cuida de sus animales, mientras la nieve cae en las montañas y el … Continue reading

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¡Boston está en Irlanda!

En Boston de Irlanda

Apenas tiene tres casas, un par de granjas, una pequeña iglesia cerrada a cal y canto, un buzón y un viejo torreón mordisqueado por el tiempo. Es un punto ínfimo en medio de la nada, pero se llama Boston… ¡y está en Irlanda!
Torre mordida de Boston

El Boston irlandés tiene poco pero lo suficiente como para hacerme feliz, porque conecta. En una mañana soleada y templada en medio del invierno me lleva lejos, al Boston de Massachussetts, al que un día volveré. Boston en una calabaza.

The Burren-piedras
Moinin na gCloigeann (Boston, en ‘irish’) está a las puertas de The Burren, en el condado de Clare, un paraíso para los geólogos. Es un desierto sin arena, una alfombra de rocas que espera la primavera. Aunque parece una contradicción, de ese tapiz gris y resquebrajado brotarán en unas semanas miles de flores, algunas endémicas. Una metáfora de la supervivencia.

The Burren Perfumery
En la Perfumería de The Burren, la más antigua de Irlanda, saben guardar esa esencia en tarros pequeños. Plantas de nombres imposibles convertidas en colonias por arte de alquimia. Lo hacen en probetas, en tarros, en tubos, en un matraz enorme. El aroma que desprende este viejo local, donde también hacen jabones, es una mezcla inefable de fragancias.

Cottage al atardecer, The Burren
El aroma de The Burren no se puede describir, pero es parte de un paisaje lunar, inquietante a ratos, una permanente sorpresa. Aquí la naturaleza es geométrica, con esa forma imperfecta que esculpen las piedras.

Piedras espinosas de The Burren

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